martes, 24 de septiembre de 2013
Encapsulada
El otro día, aburrida por mi cuarto y ordenando mi desorden de objetos que no sirven para nada pero que a mi me gusta tenerlos ahí, encontré una cápsula de Omeprazol suelta.
¿Habéis abierto alguna vez una cápsula de Omeprazol? Es blanca y roja, y está repleta de bolitas pequeñas en su interior. Al ver eso, mi cerebro atípico y lleno de cosas sin sentido aparente, comparó aquella cápsula con mi vida amorosa de estos dos últimos años. Una vida amorosa bipolar, de dos colores: el blanco de la paz que me proporcionaba estar sola y el rojo de la pasión y de los dolores de cabeza que me producías tú. Repleta de sentimientos pequeñitos y hacinados. Siempre encapsulados.
De esto quería hablar. Sin tapujos; porque esas bolitas se me derramaron en las manos y aquí vengo a derramarme yo.
Dos años poniéndole bozal a mis sentimientos han sido suficientes. Que sí, que he tardado bastante tiempo en darme cuenta de que esto no es lo que quiero, de que no me gusta alimentarme de historias inconclusas de esas que llenan el estómago pero no sacian el hambre y que tampoco quiero camuflar ganas en miradas de reojo.
Adiós a esas metáforas imposibles en conversaciones de madrugada y a las pequeñas limosnas de placer que aliviaban las rozaduras que provocaban tus palabras.
...
Es curioso que el Omeprazol, quitándole esa cápsula que no le sirve para nada, sea un protector de estómago y que derramándose, haya matado en forma de palabras a esas mariposas que tanto vértigo me producían.
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